El dólar mayorista comenzó la semana con una señal que no pasó inadvertida: cerró en $1.508,50 y rompió la barrera de los $1.500 que el mercado consideraba el límite informal que el equipo económico venía defendiendo desde fines de julio. Más que la suba diaria, lo que cambió fue la estrategia oficial.

Durante las últimas semanas, operadores detectaron intervenciones del Tesoro y del Banco Central para impedir que la cotización superara ese nivel. A eso se sumó la colocación de bonos dollar-linked, ventas de cobertura en futuros y una fuerte presión sobre las tasas en pesos para desalentar la demanda de dólares.
Ese esquema empezó a mostrar desgaste. El salto por encima de los $1.500 fue interpretado por analistas como una decisión de darle mayor flexibilidad al tipo de cambio y reducir la tensión que había generado el encarecimiento del financiamiento en moneda local.
Economistas sostienen que mantener un techo rígido obligaba al Gobierno a sostener tasas muy elevadas y a resignar compras de reservas. Por eso, ahora la prioridad pasaría por administrar el equilibrio entre dólar, liquidez y costo del crédito, en lugar de fijar un valor nominal específico para la divisa.
La señal también se reflejó en el mercado de tasas, que comenzó a mostrar una moderación en las últimas ruedas. Para los operadores, permitir una depreciación controlada del peso podría aliviar la presión sobre los instrumentos en moneda local y evitar nuevos episodios de volatilidad financiera.
El escenario, sin embargo, sigue abierto. Con menores exportaciones previstas para el segundo semestre y una demanda de cobertura todavía elevada, el mercado espera que el Gobierno continúe interviniendo, aunque con una estrategia más flexible que la aplicada hasta ahora.





